Sarah Rome
theater artist
writer
arts educator
somatic body therapist

¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.*
​​​​
​
Destacado director, actor, diseñador, educador, y productor teatral, Jorge (Coco) Wilfredo Guerra Castro, falleció el año pasado, el domingo 12 de enero del 2025, a los 72 años de edad. En este primer aniversario de su partida, escribo esto para que sirva como su in memoriam formal, así como personal—un recordatorio de su vida y de su contribución inconmensurable a la profesión y el arte del teatro, no solo en el Perú, sino también en los Estados Unidos, ya sea a través de las obras mismas que presentó como director, o a través de los miles de jóvenes artistas que tuvieron la suerte de aprender de él, así como de sus colegas en el ambiente universitario/conservatorio o en el escenario o detrás de él.
Jorge deja a su esposa de veinte años, Sarah Rome Hoff, y tres hijos: Alejandra Guerra Morales, Martín Guerra Morales, y Mathias Guerra Rome, los dos primeros que compartió con su primera esposa, también de veinte años, Alicia Morales Dasso. Deja también dos nietos, cinco hermanos, varios sobrinos y primos, y muchos amigos queridos.
Jorge falleció como consecuencia de una serie de complicaciones derivadas de una enfermedad de Parkinson avanzada, después de haber vivido con la enfermedad durante 30 años. Falleció tranquilamente en casa a las 4:35 de la mañana con su esposa, Sarah, a su lado, y con las manos de uno sobre el corazón del otro hasta su último respiro. Pasó sus últimos días acompañado por su familia y amigos cercanos, rodeado de su amor por él.
Jorge nació el 25 de mayo, 1952, el primero de seis hermanos, en el Callao. A una temprana edad, la familia se mudó a La Punta, donde creció en un ambiente lleno de vida—rodeado de una familia numerosa y de los personajes del barrio, que le dejaron recuerdos que siempre guardaba en su mente y su corazón. Fue su tía Emilia (la Mimi)–la que primero lo llevó a ver operas y obras de teatro en el centro de Lima–quien despertó su pasión por las artes escénicas y por la magia que creaban.
También desarrolló un gran talento y amor por dibujar y pintar. Uno de sus primeros trabajos fue como profesor de arte en el Colegio de la Inmaculada, del cual había egresado. Cuando ingresó en la Universidad Católica, empezó en la Facultad de Letras con el sueño de ser arquitecto. Sin embargo, un amigo suyo lo convenció para que audicionara a la Escuela de Teatro (TUC, entonces dirigido por Luis Peirano), y fue allí que el teatro se convirtió en su vocación, que no abandonaría nunca.
En 1973, viajo a Montevideo para seguir sus estudios en la entonces llamada Escuela Municipal de Arte Dramática Margarita Xirgu. Pero al poco tiempo, el golpe de estado militar en Uruguay lo obligó volver a casa. Fue entonces que asumió la posición de Director del TUC a sus jóvenes 21 años. Y se casó con Alicia Morales, actriz con quien había estudiado en la universidad. Tuvieron a su primera hija, Alejandra, en 1975 y su segundo hijo, Martín, que llegó 4 años después.
En el año en que nació Martín, Jorge ganó una beca Fulbright para obtener su Maestría en la Dirección Teatral en la Universidad de Carnegie Mellon de Pittsburgh, Estados Unidos. Después de culminar sus estudios, fue invitado para continuar allí como profesor, desarrollando su técnica como educador, diseñador, y director teatral, dictando clases de movimiento, así como de actuación y dirección. También fue co-editor de la revista de teatro Theater Three, publicación de Carnegie Mellon Press que inició junto con los eruditos de teatro, Eric Bentley y Brian Johnston.
En 1983, fue cofundador del Grupo Ensayo con Alberto Isola y Luis Peirano. ENSAYO apuntaba a desarrollar a fondo la posibilidad de hacer teatro independiente y profesional en el Perú. En 1988, sus planes de volver a radicar en el Perú y continuar con el grupo se vieron interrumpidos por el ofrecimiento de ocupar la posición de Decano fundador de la Especialidad de Teatro de New World School of the Arts en Miami, Florida, un conservatorio de teatro a la vez que un bachillerato, escuela que se ha convertido en uno de los centros de formación principales de teatro en los Estados Unidos. En el tiempo que permaneció allí, creó la ahora desaparecida New World Rep Co., compañía de teatro que ganó varios premios regionales por sus producciones. En el 2002, debido a su diagnóstico del Parkinson, dejó sus responsabilidades como Decano, dedicándose a enseñar y a dirigir.
En el 2005, regresó al Perú para retomar su posición de Director del TUC. Y se casó con la actriz y cantante estadounidense, Sarah Rome, con quien tuvo un hijo, Mathias, dos años después. Fue nombrado Profesor Ordinario de la Universidad. En este periodo en el TUC, inyectó nuevo empuje a la institución, dándole mayor presencia ante la opinión pública, y logrando una matrícula siempre en aumento, cimentándola como un importante centro de formación artística en el Perú.
Junto a la bailarina y coreógrafa, Mirella Carbone, y al musico y musicólogo, Renato Romero, puso su esfuerzo y experiencia de liderazgo en programas de conservatorios de las artes para crear la Facultad de Artes Escénicas (FARES) de la PUCP, el primer programa universitario en el país en otorgar títulos en los estudios de teatro, música y danza.
En el 2012 fue nombrado Personalidad Meritoria de la Cultura por el Ministerio de Cultura del Perú. En 2014, debido a su salud, dejo sus responsabilidades como Director de la Especialidad de Teatro, así como las de primer Jefe de Departamento de la FARES, para conseguir tratamientos más avanzados para el Parkinson. En los diez años siguientes, continuó en la Universidad como profesor y asesor de tesis, así como Asesor de las Artes Escénicas, tutor y director teatral.
Un artista de teatro insustituible
Por todo lo dicho hasta aquí, además de por otros detalles que sería demasiado largo enumerar, resulta evidente que Jorge fue siempre un artista que vivía y respiraba teatro. El escenario fue el espacio ideal para juntar todo aquello que le interesaba e inspiraba al poner una obra en escena: el aspecto visual, el movimiento, la música, las historias contadas por gente de diversos lugares y épocas, el vestuario, la escenografía, la iluminación; en resumen la magia de poder crear mundos enteros, basados en momentos históricos o imaginados a partir de una sensibilidad visionaria y renovadora, creando momentos inolvidables con su estilo particular y fascinante, momentos que resultaban fugaces en el escenario pero que permanecían indeleblemente en la memoria de quien tenía la suerte de presenciarlos en vivo.
Jorge creía firmemente en la magia del teatro como una manera de ver el mundo y de vivir en él. Combinando siempre la sabiduría y la experiencia adquiridas con el asombro y la inocencia de un niño que le permitían ver siempre lo nuevo, asumiendo la creatividad y el juego como impulso vital. El juego asumido con absoluta seriedad. Y al mismo tiempo, con el humor como su forma de transmitir lo esencial, de contar las cosas más complejas y bellas de la vida. De expresar lo indecible usando todas las herramientas creativas que tenía a su disposición. El suyo fue un proceso lleno de retos, pero también de gozo—de esa alegría esencial que otorga el acto de crear, y de la absoluta convicción de su importancia fundamental en la vida de los seres humanos.
Era justamente esto lo que atraía a actores, diseñadores, y otros colaboradores artísticos a trabajar con Jorge Guerra en uno de sus montajes, lo más desafiante y al mismo tiempo lo más gratificante. Trabajando con él, uno tenía la sensación de que estaba participando en eso tan elusivo e infrecuente en el quehacer artístico: cumplir con una misión que iba más allá de lo aparente para dar a quien la realizaba y a quien la observaba un verdadero sentimiento de lograr algo profundo y duradero, que partía de un impulso vital que no siempre era explicable ni entendible. Y esto sucedía en cualquier espacio que Jorge transformara en una “sala de teatro”. A veces, los actores que trabajaban con él salían de un ensayo alterados por el caos que a menudo adquiría su proceso creativo, pero con más ganas que nunca de lograr lo que el buscaba y compartía con ellos. Para Jorge, ese caos era un componente esencial de sus procesos. Y lo que exigía era confianza y fe: seguirlo por donde iba, por donde fue.
Él siempre decía, con ligereza aparente: “No te preocupes. Yo entiendo de lo que hablo.” Era su manera de decirte que no era necesario que lo entendieras ni que te preocuparas por entender. La comprensión racional no le interesaba. Lo que le apasionaba, y que quería compartir con quienes emprendieran el viaje a su lado, era asumir el riesgo de entrar en lo desconocido, de dejar atrás las normas comunes para comunicar a través del teatro algo que no era posible comunicar de otra forma. Si podía conseguir de quienes lo acompañaban esa voluntad de riesgo, esa fe, lo demás vendría solo.
Al lado de sus metáforas e imágenes aparentemente inconexas, Jorge poseía una técnica, una comprensión y un manejo de la semiótica escénica extraordinarios. Lo que quería transmitir a su público era asombro y, a través de ese asombro, reafirmar el amor por lo que es sencillamente vivir, con todo lo que eso implica. Sin recurrir a tecnologías sofisticadas, logró momentos de belleza únicos en el teatro. Tenía la capacidad de crear magia absoluta con un cambio de foco, con el movimiento de una mano, eligiendo la pieza musical precisa para cada momento. Su teatro era verdaderamente pintura viva. Muchos lo hacen de alguna forma u otra. Pero nadie pudo hacerlo como Jorge. Ni entonces, ni ahora. Jorge fue…es…insustituible.
De todos los años trabajando en el teatro, 30 de esos años los pasó luchando contra la enfermedad del Parkinson, un dato que fue eliminado de su hoja de vida más reciente, pero que lo enorgullecía. Él, en toda consciencia, quería que ese dato se incluya en su historia, no ocultado con vergüenza, sino una parte fundamental de su vida física y mental, por más que tuvo que lidiar con la enfermedad durante más que la mitad de su vida profesional entera, que tuvo que aceptar, nunca permitiendo que lo frene como creador, como educador y como ser humano. Por eso lo mencionamos aquí. Sabemos que, con más apoyo, hubiera podido hacer más de su trabajo como director en estos últimos años, pero los intereses de otros, y factores como la pandemia, le impidieron cumplir sus deseos teatrales a fondo. Sin embargo, Jorge agradeció al Centro Cultural de la PUCP y a la FARES por asegurar que su último proyecto teatral hiciera realidad, después de todo que dio a la Universidad y a la profesión a lo largo de su vida, de su más de cincuenta años en el teatro.
De las más de cien obras que produjo, diseñó, y dirigió, algunas de las más notables como director, en el Perú tal como los Estados Unidos, fueron: El Señor Puntilla y su chofer Matti, Enemigo de clase, Las Bacantes, Tales from the Vienna Woods, The Greeks, Life is a Dream, The Oresteia, Evita, The Three Sisters, Marisol, The Wild Duck, Die Fledermaus, Ur-Faust (adaptación de danza-teatro de Fausto), Tech-Noh Lear (una adaptación del Rey Lear), Fausto, La Opera de Tres Centavos, La Casa de Bernarda Alba, Tartufo, Don Juan Regresa de la Guerra (adaptación de teatro-danza), La Cura en Troya, La Cocina (codirigido con Alejandra Guerra), y su montaje final (codirigido con Martín Guerra), El jardín de los cerezos.
Mente, cuerpo, alma—y ahora, espíritu
Jorge tuvo una mente brillante para el oficio que eligió y a la vez que enfrentó dificultades con el lado más práctico de la vida. Fue un ser absolutamente genuino, sin pretensión alguna, pero con convicción absoluta de sus actos. Tenía una manera de ser real como pocos. Pudo articular sus ideas sobre el teatro, la actuación, la dirección, el diseño, la música, dramaturgia, historia, educación y el arte con una profundidad y un conocimiento que pocos poseen. El teatro se mantuvo en una parte mágica de su cerebro que la enfermedad casi no pudo tocar. Pero que sí puso límites a su manera de compartir y ofrecer todo eso al mundo–una suma de factores contra los que luchó hasta sus últimos días.
Jorge poseía un espíritu extraordinario y resiliente, pero también era un alma sensible que operaba desde una distinta perspectiva sobre el mundo–un alma encantadora que ofrecía una versión de la realidad y del hacer teatro que siempre aspiraba a las alturas del cielo. Su visión era aquella en la que la pureza del arte tenía la capacidad de resolver y lograrlo todo. En su mundo, todo fue posible en el arte y el arte lo hizo todo posible. La posibilidad de que tuviera la razón hizo que muchos desearan entrar en su órbita, de compartir con él esa versión de la realidad, libre y pura, donde todo era un acto de creación y donde contar historias transmitía la experiencia de estar vivo, donde el espejo que brindaba el teatro permitía reafirmar la conexión con el mundo y el universo, la conexión que nos permite vivir un día más. Jorge hizo su mejor trabajo rodeado por la presencia del amor y el apoyo de su familia y de sus amigos. Y sus dos esposas, Alicia y Sarah, en dos épocas distintas de su vida, le dieron una presencia y una compañía, también siendo cómplices integrales de su trabajo, que lo mantuvieron, de alguna manera, con los pies en la tierra para poder crear sueños para los demás.
Pero como nos toca a todos, Jorge tuvo que dejar esta tierra. Al irse, dejó atrás sus luchas y sus tristezas, sus desilusiones de los últimos años tan difíciles, pero también dejó–para los que seguimos aquí–su amor por la vida, por la familia, por el arte, y por el teatro. Dejo atrás una vida llena de alegrías, de aventuras, de gente amada. Nos dejó su ejemplo como creador, como maestro. Nos enseñó cómo vivir y mantener siempre las esperanzas y la juventud de espíritu. También nos enseñó como cuidar mejor a quienes necesitan más cuidados que otros, más comprensión, cómo apoyar el talento especial, sin tenerle miedo. Y como no guardar rencor ni importarte un pito lo que los demás piensan de ti.
Jorge creía en el arte, y en la educación de las artes escénicas, como manera fundamental de seguir alimentando y desarrollando y la sociedad y la cultura, como un puente que une orillas lejanas. También creía en el amor entre las personas, en juntarse y disfrutar la vida juntos, compartir la música y la comida, cosas que hacían desaparecer el concepto de tiempo. Sabía también cuando había que dejar ser las cosas, que no valió la pena molestarse tanto por nada, porque, al final, lo único que realmente importa en la vida es, sencillamente, la buena compañía y pasarla bien.
Es posible que el teatro, a fin de cuentas, haya sido todo eso para Jorge: el motor clave que lo impulsaba a lo largo de su vida. Cada clase, cada charla, cada ensayo, cada función… cada almuerzo, cada fiesta, cada visita con su familia, con sus amigos… cada vez que cantaba acompañándose con la guitarra, cada comida que preparó, cada viaje que hizo a lugares del mundo o dentro de su mente… y cada vez que se quedaba despierto en el medio de la noche en casa frente a su escritorio con la lampara prendida… dibujando, o leyendo, o escuchando alguna música… quizás sirviéndose algún dulcecito en la cocina con un poquito de salsa de chocolate… imaginando qué podría construir, componer, pintar en el escenario… qué magia podría crear y ofrecer al mundo… soñando… siempre soñando… para que los demás también pudieran soñar.
En una entrevista para Andina en el 2011, Jorge comentó, “Creo que lo que uno quiere es dejar algo más que una constatación de paso por este mundo. Uno quiere dejar algo útil.”
Lo hiciste, Jorge. Lo hiciste.
A veces, bajo circunstancias, al parecer, imposibles, nunca cesaste de creer en “posibilidad.” Que descanses, finalmente, en paz.
​​
​
​​
_______________________
*de La vida es sueño por Pedro Calderón de la Barca